Japón día 49: Wakayama y las escaleras de sus templos

Las escaleras del Santuario Wakaura Tenmangu de Wakayama

Aprovechando que tenía unos días libres en mi viaje de negocios, decidí hacer una escapada a una nueva prefectura. De lo que no era consciente era de la cantidad de escalones que subiría ese día. Aquí te cuento cómo fue mi viaje a Wakayama, una aventura con muchas escaleras.

El castillo de Wakayama

miércoles, 18 de marzo de 2026

Tras pasar una muy buena noche, me levanto temprano y me preparo para el siguiente viaje. Mi objetivo era visitar la ciudad de Wakayama. Con esta ciudad desbloquearía una nueva prefectura en mi lista, así que estaba emocionada.

Tras una hora y cuarenta minutos en tren llego a dicha ciudad. El tiempo estaba nublado, como si se fuera a poner a llover en cualquier momento. Como no había mirado la previsión, solo me quedaba confiar en que no lo hiciera.

Mi primera parada es el castillo, el cual se alzaba imponente sobre una colina. En vez de subir directo, decidí pasear por el jardín con calma, sin tener ni idea de las cosas que me iba a encontrar. Si tengo que destacar una de ellas, sería sin duda el Puente Ohashiroka. Mitad puente, mitad pasillo, era algo muy curioso, nunca antes había visto algo parecido. Lo único malo era que tenías que pasar por él descalzo y, como está inclinado, con unos mini escalones muy incómodos que iban al contrario de un escalón normal, es decir, que estaban hechos para sujetar tu talón y que no cayeras hacia atrás, subirlo fue un tanto doloroso.

Puente Ohashiroka de Wakayama
Puente Ohashiroka

Tras pasar esto, me metí entre los gigantescos muros del castillo. Pasear por aquí siendo la única persona es una experiencia increíble, exceptuando sus horribles escaleras. Me sentía como un samurái.

Después de subir varias horribles cuestas más, llegué hasta un mirador desde donde tenía unas vistas privilegiadas del castillo. Me gustó tanto, que acabé apuntándolo en mi mapa.

Castillo de Wakayama
Castillo de Wakayama

Un santuario mágico

Tras haber descansado y disfrutado de las vistas, bajé y puse rumbo a mi siguiente destino que se encontraba mucho más al sur. Tuve la suerte de que el bus que tenía que coger apareció justo cuando llegué a la parada, así que me monté y me dirigí al Santuario Kishuu Toshogu.

El bus me dejó en la puerta, dicho santuario no se veía por ningún lado, pero el torii marcaba claramente la entrada. El camino quedaba bajo la sombra de muchos árboles frondosos, con linternas a los lados que le daban un aspecto místico. De repente parecía haberme adentrado en un cuento de hadas. ¿Lo mejor? Estaba completamente sola.

Fue un auténtico gustazo caminar por aquí, pero no lo fue tanto el subir la cuesta de los samuráis. Fueron 108 escalones muy empinados. Al menos el final tuvo su recompensa al poder observar la bahía de Wakaura. El cuanto al santuario, hay Toshogu mejores. Este es mucho más austero y aburrido.

La cuesta de los samuráis del Santuario Kishuu Toshogu de Wakayama
La cuesta de los samuráis del Santuario Kishuu Toshogu

Al bajar, un hombre me llamó y me dio dos revistas gratuitas en inglés de turismo de la ciudad. Al parecer, están intentando vender esta zona a los turistas. Sinceramente, ojalá lo consigan porque es una ciudad preciosa y no hay ni un solo turista extranjero.

Otro santuario más

Justo al lado se encuentra el Santuario Wakaura Tenmangu con 50 escalones. Aunque eran menos que el anterior, estos eran muchísimo más irregulares. Por si eso no fuera poco, comenzó a llover. Afortunadamente llevaba conmigo la sombrilla que me había comprado el día anterior.

Las escaleras del Santuario Wakaura Tenmangu de Wakayama
Las escaleras del Santuario Wakaura Tenmangu

Este sitio me gustó mucho más. Se veía viejo y casi abandonado, pero eso le daba un toque especial. Tenía unos pasillos con muchos cuadros de animales y lugares famosos de la ciudad. Las vistas a la bahía tampoco sé quedaban atrás, pues desde aquí se podía observar mucho mejor el mar a lo lejos.

Decidí sentarme un rato a descansar y a esperar por si la lluvia calmaba, pero parecía que me iba a acompañar durante el resto del día. Finalmente me agarré a la barandilla y comencé a bajar esas escaleras infernales esperando no caerme.

Santuario Wakaura Tenmangu de Wakayama
Santuario Wakaura Tenmangu

Caminando por la bahía

Dejé atrás los santuarios y caminé dirección a la bahía. Iba paralela a un río que estaba precioso decorado con unos árboles típicos de Asia (lo siento, soy malísima identificando plantas). El camino me llevó hasta el puente Furobashi, del que poco puedo comentar.

Puente Furobashi de Wakayama
Puente Furobashi

De ahí me maravillé con la bahía, con sus garzas caminando en las aguas menos profundas. Una vista digna de una postal. Justo ahí hay una pequeña isla con una pagoda de dos pisos y un pabellón conocido como Kankai-kaku. No mereció la pena. Con esto, solo me faltaba un último punto del día.

Las escaleras del templo Kimiidera

Tras más de veinte minutos conseguí llegar al templo Kimiidera, el cual se veía desde lejos porque estaba en mitad de las montañas. Lo que no sabía era que las escaleras de los otros santuarios no eran nada en comparación a lo que se me venía encima.

En total, 231 escalones. Para este punto ya quería tirar la toalla, pero descubrí que había un funicular que te subía hasta la cima. Rápidamente me acerqué para descubrir que costaba dinero. Me pareció muy caro como para pagar por él. Así que armándome de valor, empecé a subir la última pesadilla del día.

Casi arrastrándome por el suelo conseguí llegar a la cima. A mano derecha tenía el pabellón donde se exhibía la estatua de madera recubierta de pan de oro de Kannon de 12 metros de altura, la más alta de Japón de su tipo. El edificio en sí me recordó a Taiwán, tal vez por su parecido al Salón Conmemorativo de Chiang Kai-shek en Taipéi.

Salón de Buda del templo Kimiidera
Salón de Buda del templo Kimiidera

A mano izquierda, tenía el salón principal del templo de apariencia más vieja. Estaba lleno de recuerdos y amuletos, aunque no hubiera casi nadie. Lo que más me gustó fueron los dibujos de ninfas y dragones que había en el techo.

Había una pagoda en la parte de arriba, pero había que subir un camino de torii lleno de escaleras. Como mi piernecitas no daban para más, decidí abortar la misión. Para este punto estaba agotada y me sentí satisfecha con todo lo que vi, así que emprendí mi camino de regreso.

La vuelta no fue tan fácil. Me tomó más de dos horas porque los trenes pasaban casi cada media hora. Así acabaría mi viaje a Wakayama, un lugar muy infravalorado. La noche la pasaría en Osaka, cenando sushi con una amiga.

Para el siguiente viaje volvería a Kyoto para conocer nuevos lugares:
Japón día 50: las mil y un Kannon de Kyoto

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