Hacía muchísimos años desde la última vez que estuve en Kyoto. Aprovechando que andaba allí por temas laborales, decidí visitar algunos puntos ya conocidos y otros nuevos para mí. Aquí te cuento cómo fue mi vuelta a Kyoto.
El castillo de Kyoto
domingo, 29 de marzo de 2026
Mi empresa me volvió a enviar a la región de Kansai por trabajo, esta vez una semana completa. Había llegado a Osaka la noche anterior y no había dormido casi nada, me atrevo a decir que menos de cinco horas. La casa en la que me alojaba era extremadamente fría.
Mi objetivo este día era descubrir algunos nuevos lugares de Kyoto y otros a los que ya había ido con anterioridad. Empecé con el castillo Nijo, el cual quedó eliminado mi primera vez porque preferí visitar el Templo Mibudera (Shinsengumi). Era uno de mis mayores pendientes de la ciudad.
Decidí ir en bus porque, sintiéndolo mucho, el tren en esta ciudad deja mucho que desear. Gracias a eso, pude vivir en mis propias carnes lo que tanto critican los locales: los turistas. Llenamos un bus entero junto con la gente de aquí y no cabía ni un alfiler. Incluso subieron un carrito de bebé sin avisar al conductor para que habilitara su sitio; se quedó en medio del pasillo y nadie podía pasar. Fue agobiante, sobre todo teniendo en cuenta que aquí se baja por la puerta delantera.
Cuando finalmente conseguí bajar, respiré aire fresco y me dirigí derechita a comprar mi entrada. Me costó 1300 yenes, pero me incluía los exteriores y el interior del palacio.
La puerta Karamon fue la que me dio la bienvenida. Era muchísimo más grande de lo que había visto en fotografías. Es increíble que, a pesar de haber visto un millón de lugares bonitos en Japón, todavía haya cosas que me sigan sorprendiendo.
Tras embriagarme con sus tallas y laqueados, entré directa a la estructura principal del castillo. Llamarlo castillo sería incorrecto, pues de fortaleza defensiva no tiene absolutamente nada. Se trata más bien de un palacio.

Al entrar, me tuve que quitar los zapatos pues la madera es antigua y hay que protegerla. La primera sala impresiona por sus dibujos en el fusuma. Se puede apreciar claramente que éstas eran las estacias de un shogun.
Mientras iba caminando por cada una de las salas, podía escuchar unos chirridos que parecían gritos agonizantes. Todos ellos procedentes de la madera del suelo. Hay una leyenda que dice que se hacían así para evitar intrusos, pero lo cierto es que es a causa del paso del tiempo.
Si tuviera que sacarle una pega a esta visita, sería que todas las salas son iguales. Tras o dos o tres uno se cansa porque, al fin y al cabo, está viendo siempre lo mismo. Como no hay muebles, solo te queda apreciar las pinturas en las puertas y el techo.
Al salir, di un paseo por los terrenos y subí a los restos donde se situaba antiguamente un torreón. Desde arriba se podía observar el tejado del palacio. Se nota que Kyoto no tiene rascacielos, como pasa en Tokyo u Osaka.
En mi camino a la salida, pasé por una calle llena de flores de cerezo. Estaba realmente hermoso.
El barrio de las geishas y Higashiyama
Tras esto, cogí un bus con destino el barrio de Gion. No esperaba encontrarme a ninguna geisha pues eran las 11:30, solo quería dar un paseo por esta zona. Vi la famosa casa de té Ichiriki y poco más. Hay demasiados turistas, los policías te echan a la mínima cuando te quedas parado y los coches pasan cada poco rato. Creo que es la zona que menos me gusta de Kyoto.

Afortunadamente, cuando sales de la calle Hanamikoji, los turistas desaparecen y puedes pasear con tranquilidad. Así que pude dirigirme con calma hasta el barrio Higashiyama.
En cuanto uno pone pie por esta zona, la horda de turistas vuelve a aparecer. La calle de la famosa pagoda Yasaka es casi intransitable. Eso no quita que no siga siendo preciosa. Una estampa típica de Kyoto y una de mis favoritas.

El balcón del Kiyomizudera
Subiendo toda la cuesta, sin parar de chocarte con gente, uno llega al templo Kiyomizudera. Aunque ya había estado con anterioridad aquí, me sorprendí al darme cuenta de lo poco que lo recordaba.
Tras pasar las dos puertas de la entrada y observar la pagoda de tres pisos, decidí meterme en el salón Zuigudo, donde haría la famosa peregrinación del útero. En ella, bajas hasta un sótano en el que debes caminar completamente a oscuras. No se ve absolutamente nada de nada. Solo te queda ir agarrado de la barandilla del lado izquierdo y esperar a que la persona de delante no le de por pararse de repente. La verdad es que merece la pena por lo curioso y único que es. Cuesta tan solo 100 yenes.
Tras esto, compré la entrada del Kiyomizudera. Posee cuatro entradas, cada una representando una estación, con esta, ya tengo dos de cuatro.

Nada más acceder al interior, vi de nuevo la lanza de Benkei y me recordó a la primera vez que vine con mis amigos allá por 2019. Entre todos intentamos levantarla, aunque sin mucho éxito. Mientras que en ese momento lo pudimos hacer porque nadie más lo hacía, ahora te tocaba hacer una larga cola.
Luego, me asomé al famoso balcón, con sus trece metros de altura. Me parece que es uno de los templos más increíbles de Kyoto. La primera vez que estuve aquí estaba en remodelación, por lo que no pude verlo.
Al salir, descubrí que el santuario Jishu estaba en obras. Fue una pena porque me hubiera gustado haber probado la leyenda de cruzar las piedras con los ojos cerrados.
Seguí caminando hasta el otro balcón desde donde se observa mejor el principal, con la ciudad de Kyoto al fondo. Al bajar, me vi tentada a beber de la cascada Otowa, pero como la cola era larga, decidí pasar. Una vez salí del templo, comí por la calle principal. Un katsu que no estaba muy bueno, así que no me molesto en poner link del lugar.
Las mil y un Kannon
Desde aquí fui andando hasta mi siguiente (y nuevo) destino: el templo Sanjusangendo, la estructura de madera más larga de Japón. Apenas hay fotografías de él (está prohibido echar en el interior) y como no es tan famoso entre turistas, suele estar un poco vacío en comparación a otros lugares.

Reconozco que había visto alguna foto suelta que me hizo pensar que se trataban de 1000 estatuas pequeñitas, pero jamás pensé que eran a tamaño real. Fue una pasada. La estructura es larguísima y tiene miles de Kannon, todas bien detalladas. No hay espacio para nada más. En mitad de todas ellas se encuentra la estatua principal de Kannon de tamaño considerable.
Aquí aprendí sobre la festividad del tiro con arco, la cual desconocía por completo. Me han entrado ganas también de leerme el manga que cuenta un poco la historia.
Las puertas torii del Fushimi Inari
Al terminar, cogí un tren hacia mi último punto del día: el santuario Fushimi Inari. Recuerdo que la primera vez que fui, estaba lleno de gente, pero no fue nada en comparación a esta ocasión. No podías ni caminar. Aún con todo eso, pasear entre los toriis es una experiencia que no recomiendo saltársela, creo que es un imprescindible de Kyoto.
Llegué hasta la primera parada en la que están las piedras Omokaru. De estas piedras se dice que tienes que pedir un deseo antes de alzarlas. Dependiendo de si son más pesadas o ligeras de lo que creéias, se te cumplirá o no el deseo.
Aquí di por finalizado mi vuelta a Kyoto. Tras ello, me subí en un tren de vuelta a Osaka a descansar del largo día.
En mi próximo viaje, regresaría a Kyoto, pero sería como fan del Shinsengumi, y visitaría también una nueva ciudad:
Japón día 51: el cuartel del Shinsengumi y la ciudad de Kobe

