Quién me iba a decir que un día me levantaría tan temprano para ver el amanecer en la cima del cráter de un volcán. Es más, viendo el lago más ácido del mundo. Aquí te cuento mi viaje al volcán Ijen.
Empezamos la ruta
9 de octubre de 2024
A las 0:15 nos sonó la alarma del despertador. No sé cómo lo hicimos, pero conseguimos salir de la cama, desayunar algo, vestirnos y estar listos a las 0:30. Habíamos contratado un tour con el hotel en el que nos alojábamos, así que nos esperaba una furgoneta en la puerta.
Nos juntamos con otros extranjeros (también de otros hoteles). Éramos en total 14. Nos dieron una botella de agua y dos snacks a cada uno que agradecimos bastante.
Supuestamente, para subir al Ijen necesitas un justificante médico que acredite que estás en buena condición física. Nosotros habíamos elegido ir antes del tour a hacernos un checkeo médico. Aunque paramos en una clínica y les hicieron el checkeo a los demás extranjeros, a nosotros no. No entendí porqué, pero al parecer ya lo teníamos hecho. Una cosa rara del hotel.
Llegamos poco antes de las 2 a las puertas de salida del volcán Ijen. Aquí nos dieron linternas de frente y una mascarilla de gas. Conocimos a nuestros dos guías, uno de ellos llamado Ali, quienes nos acompañarían en nuestra subida.

Comienza la escalada
A las 2:30 se lanza el pistoletazo de salida y el volcán abre sus puertas. Todos los tours comienzan a subir a la vez. Nada más empezar había hombres con carretillas que se ofrecían subirte a la cima por 1.000.000 IDR. Todo el recorrido era cuesta arriba. Como me encontraba aún cansada y dolorida del Monte Bromo (lo había subido el día anterior), le pregunté a uno de ellos el precio. Al ver que no accedí, me lo rebajó a 800.000 IDR y comenzó a seguirme parte del camino por si cambiaba de opinión. Cosa que no ocurrió.

Teníamos frío ya que las temperaturas eran en torno a 15 grados, pero era tan dura la caminata que a mitad de camino ya iba en manga corta. Era la ultima del grupo, acompañada de Ali en todo momento. Íbamos lentos, pero no nos deteníamos. Debo reconocer que fue duro y se me hizo eterno. Para alguien con tan mala condición física como yo, fue difícil.
Hubo momentos en el que nos llovió un poquito. Temía que la lluvia cogiera fuerza y tuviéramos que cancelar la escalada, pero no fue así. Solo cayeron un par de gotas gordas y se acabó.
En cierta parte del camino el terreno se volvió llano. No hubo que subir escaleras como en el Bromo, afortunadamente. A partir de ese momento ya pude caminar con normalidad. Estábamos cerca del cráter.
El lago ácido más grande del mundo
Finalmente alcanzamos el cráter. No tuvimos la suerte de ver el fuego azul para nuestra desgracia. Nos quedamos con las ganas. El lago ya empezaba a divisarse cuando los primeros rayos de sol comenzaron a surgir en el horizonte. Se veía como una capa perfecta e inmutable. Daban ganas de meterse porque costaba creer que te desintegrarías a causa del ácido.

Lo único malo de todo aquello fue el horrible viento que hacía. Estábamos congelados de pies a cabeza. Todo el frío que no habíamos sentido en la subida, lo sentíamos ahora.
Nuestro guía Ali nos echó muchas fotos allí arriba y nos animaba a recorrer todo el cráter. Eso hicimos un poco, porque estábamos congelados.
Las vistas al cráter no eran lo único bueno de aquel lugar. Al otro lado tenías unas vistas increíbles del amanecer, además, nos encontrábamos por encima de las nubes y montañas. Fue espectacular.

Bajamos al cráter
Comenzamos a bajar hasta el cráter. El camino era empinado y rocoso, nada recomendable si estás agotado. Veíamos a los trabajadores subir grandes rocas de azufre en unas canastas. Es increíble la fuerza que tienen para realizar un trabajo como aquel.

Yo no quise acercarme mucho al cráter porque estaba demasiado cansada, por lo que finalmente volvimos a subir. Una vez arriba nos entretuvimos viendo artesanía realizada en azufre. Decidimos comprarnos por 50.000 IDR un recuerdo. No quisimos ni regatear porque sabíamos de antemano que a los trabadores que extraen el azufre les pagan una auténtica miseria. Quisimos ayudar de alguna manera a los locales.
Una bajada resbaladiza
Con todo el grupo reunido, comenzamos la bajada. Jamás creí que sería cien veces peor que la subida. No hacía frío y era solo bajada, pero estuve a punto de caerme varias veces. La tierra era súper resbaladiza, algo que no notamos a la subida. Todo el mundo patinaba y algunos se cayeron. Nuestro guía Ali me ofreció su brazo para que me apoyara, pero preferí ir a mi ritmo. Creía que estaría más segura. Fue horrible, aunque no me caí afortunadamente.

Una vez en la base, todo el mundo comenzó a sacudirse los pies y quitarse toda la tierra de encima. Tenía arena hasta por dentro de los calcetines. Quería ducharme urgentemente.
Mientras esperábamos al guía, nos comimos los snacks que nos había dado el hombre del hostal. Estábamos hambrientos. Cuando estuvimos listos, nos montamos en la furgoneta de vuelta a nuestra casita.
Un grupo peculiar
Una vez llegamos, nos esperaba el encargado quien nos ofreció prepararnos un café o té y darnos un desayuno (el cual fueron a comprar): un delicioso crepe de chocolate.
Nos preguntó a dónde nos dirigíamos todos y resultaba que todos los del tour íbamos a Bali, así que decidió juntarnos a los presentes y darnos la posibilidad de llevarnos en furgoneta privada a través de un amigo. Viendo que nos resultaba muy cómodo, accedimos encantados.
Nos juntamos una pareja de alemanes y dos polacas. Como nos quedaba tiempo, decidimos ducharnos y reunirnos en torno a las 10:20. Aquí pude comprobar la creencia de que los europeos no se duchan. Mi pareja y yo fuimos los únicos que nos duchamos completos, los otros volvieron exactamente igual, incluso con la ropa que se habían puesto nada más llegar. No sabemos si solo se lavaron el cuerpo, pero al menos el pelo ni se lo tocaron. Con la cantidad de tierra que tenía yo en el mío…
De camino a Bali
Llamamos a un Uber y nos montamos todos rumbo al puerto. Aquí pudimos comprobar la eficacia alemana, pues el alemán se encargó absolutamente de todo. Contrató el uber, sacó los billetes, averiguó cómo ir, habló con el amigo del tipo del hotel… Así da gusto viajar.
Para sacar los billetes del ferry nos pidieron a todos los pasaportes. Algo que no me esperaba. Una vez con los tickets en mano, nos montamos en el ferry. La gran mayoría eran locales y vendedores. Se paseaban por los asientos vendiendo gafas y sombreros.
Tardamos una hora en llegar, aunque la isla se veía cerca. Lo que no me esperaba y me trastocó un poco los planes fue que cambiamos de huso horario y le añadimos al reloj una hora más. Por lo que fue como si hubiéramos echado 2 horas de viaje.
Nada más desembarcar, nos esperaba el amigo con su furgoneta. Recuerdo que cuando estábamos a punto de partir se nos acercó un chico de un grupo de españoles a preguntarnos cuánto nos había costado, porque no sabían cómo regatear. Le tuve que explicar un poco del precio ya que a nosotros nos lo dejaron en un poco más de 900.000 IDR a dividir entre todos. Cada uno pagaría dependiendo de donde se bajara.
Las motos
Nosotros fuimos los primeros en bajar en la estación Mengwi. Nos despedimos así de aquel grupo. Reconozco que el viaje se me hizo eterno. Fueron unas dos horas en carretera con una parada en la playa para descansar.

Aquí comenzó un gran problema. Intentamos contactar con algún Uber que nos llevara a Bali, pero todos nos pedían que les pagáramos entre 3 o 5 veces más el precio que marcaba la app. Era la primera vez que veíamos que exigían más dinero. Cuando les rechazábamos, nos cancelaban el viaje.
Aunque probamos con 4 o 5 conductores, no había forma. Mi pareja y yo nos estábamos cansando porque aún nos quedaba una hora de viaje. Estuvimos a punto de aceptar cuando de repente llegó un chico en su moto y nos preguntó si queríamos que nos llevara. Estuvimos dándole muchas vueltas porque nos daba miedo ir los 3 en una moto y con las mochilas encima, así que llamó a un amigo. Tras mucho debatir, accedimos por 100.000 IDR.
Cuando nos metimos por el tráfico me di cuenta de la realidad. Había un tráfico horrible y era imposible avanzar en coche. Con las motos nos colábamos por cualquier lado y nunca nos deteníamos. Eso sí, temía varias veces por mi vida porque mi conductor iba rapidísimo. A veces me giraba y no veía a mi compañero. Lo gracioso es que después de perderlo un momento, nos alcanzó y me lo encuentro tan tranquilo charlando con su conductor mientras se tomaba un batido de a saber dónde lo había sacado.
Finalmente llegamos a Ubud siendo ya de noche. Nos dejaron en la misma puerta de nuestro alojamiento. Al bajar tuve la mala suerte de perder el equilibrio y caer, pero no fue nada grave.
Hicimos buenas migas con ellos e intercambiamos WhatsApp por si necesitábamos desplazamiento de nuevo. De lo que me arrepiento fue de no haberle pagado más, pues a ellos les quedaba un camino larguísimo hasta casa. Finalmente fue un gran acierto ir moto.
Nuestra primera cena en Ubud
Llegamos a nuestro alojamiento, una casa tradicional balinesa donde pasaríamos las tres siguientes noches. Nuestra habitación, aunque pequeña, se veía muy acogedora. Cada vez que pienso en ella, me dan ganas de volver.
Dejamos nuestras cosas y salimos a cenar. Encontramos este restaurante que recomendaban varios instagramers. Aquí tuvimos que esperar un poco porque estaba llenísimo. Cuando entramos, nos sentaron en una mesa en el suelo con velas. Yo pedí un Nasi goreng y mi pareja unas costillas de cerdo. Además, pedimos para compartir un satey. Si os soy sincera, la comida me pareció bastante sosa. Sentía que le faltaba sal o algún sabor fuerte. A mi compañero, por el contrario, le encantó.

Al salir volvimos derechitos a casita a descansar. Llevábamos despiertos desde las 0:15.
Al día siguiente empezarían nuestras vacaciones:
Indonesia día 7: vacaciones en Ubud

