Este sería nuestro último día en Indonesia, así que queríamos aprovechar para hacer todo lo que pudiéramos. Lo que no sabía es cómo acabaría el día. Aquí te cuento mi segundo día en Ubud.
El santuario de los monos
Por la mañana nos levantamos y bajamos a desayunar. En esta ocasión me pedí un batido de plátano y otro crepe de chocolate y plátano. Estaba delicioso. Al terminar, nos preparamos para salir a descubrir Ubud. Caminamos hasta el Santuario de los Monos. Debo reconocer que andaba un poco preocupada porque había leído de gente a la que le había mordido uno de estos animales

Al llegar estaba lleno de gente. Compramos la entrada sin problemas y accedimos. No hay mucho para ver dentro. Parece un parque (bonito, por cierto) con monos sueltos con algún templo en mitad. Desde mi punto de vista, no es un lugar que merezca mucho la pena visitar, a no ser que quieras ver a estos animales. La preocupación que sentía rápidamente se vio disipada en cuanto vi que los monos pasan de ti. Mientras que no intentes tocarlos, no hay problema. Vi a muchos turistas intentando acariciarlos o acercándose mucho para echarse una foto. No respetaban nada las normas de seguridad.

La cueva del elefante
Al salir quería visitar el siguiente punto en mi lista: la Cueva del Elefante, pero mi pareja quería dar un paseo por su cuenta, así que nos dividimos. Yo contraté una moto para que me llevara a mi destino. Es increíble el tráfico que parece haber siempre en Ubud, recomendaré siempre ir en moto en vez de en coche.
Una vez llegué y me bajé, me acosaron un par de mujeres para que les comprara un sarong (un pareo). Me insistían en que era necesario para entrar al templo. Yo sabía que te daban uno gratuito con la entrada, así que intentaba ponerles excusas para que me dejaran en paz. Se me ocurrió decirles que ya llevaba uno en la mochila y entonces me empezaron a decir que lo sacara y me lo pusiera. No sabéis lo incómoda que estaba porque eran muy, pero que muy insistentes. Al final les dije que iba al baño antes de ponérmelo y se callaron. No quise decirles que sabía que me daban uno gratis porque sabía que me iban a mentir.

Tras eso, compré la entrada y me pusieron un sarong morado súper bonito, mi primero además. Una vez lista, tuve que bajar unas escaleras para llegar a la zona del templo. La verdad es que no es nada impresionante. Es muy normalito exceptuando la cueva. La cueva es curiosa por fuera con lo que parece una cara dispuesta a devorarte si entras. Yo sentía que si me adentraba en su interior, acabaría en una aventura en el infierno o algo parecido. Por dentro no hay nada, salvo un par de estatuas.

Después de eso caminé un poco por la parte trasera del templo. Como paseo está bien, pero volvía a lo mismo que con el santuario. No merece la pena pagar tanto por tan poco. Además, hacía un calor horrible. Tuve que sentarme un rato a descansar.
Comida y postre
Tras echar aquí en torno a una hora, decidí volver al centro para reunirme con mi pareja y comer algo. Devolví el sarong y contraté una moto de vuelta. Me rechazaron varios pidiéndome que les pagara más. Pasé un buen rato esperando alguno que no me quisiera estafar hasta que una chica me aceptó. Me dejó cerca de la calle de souvernirs donde mi pareja estaba comiendo en este restaurante. Él ya había terminado, pero me dejó un par de satey y me pidió de antemano mi plato: un mie goreng. El satay no me gustó del todo, pero el mie goreng estaba delicioso. Un poco picante, eso sí.

Mientras yo me lo acababa, él se volvió al hotel. Yo en cuanto terminé, pagué su parte y la mía y volví al hotel. Una vez nos encontramos decidimos salir a tomar un postre. Acabamos en una heladería al lado del Palacio de Ubud que estaba llena de gente. No podías ni sentarte. Fue un agobio, aunque el helado estaba muy rico. Después de eso seguimos dando un paseo hasta que volvimos al hotel a echarnos una siesta.
Una noche diferente
Al despertar, siendo ya de noche, decidimos bajarnos a la piscina. Estaba abierta las veinticuatro horas, así que nos quedamos un rato disfrutándola para nosotros solos. Me sorprendió que el agua estuviera caliente. Se estaba súper a gusto.
Cerca de las 22:00 nos fuimos a cenar. Decidimos ir a este sitio que tenía música en vivo. Sin embargo, por la hora, ya habían acabado. Nos pedimos hamburguesas y burritos. En cuanto al sabor, después de haber probado la hamburguesa del día anterior, ésta era muy sosa. Al menos disfrutamos de una agradable charla en sus sillones.
Por la hora que era, decidimos darnos un último paseo por Ubud. Tras caminar un rato, escuchamos una música fuerte y vimos que había un club. Decidimos entrar al ver que la entrada era gratuita. Estaba lleno de extranjeros bailando (en su gran mayoría) con música en español. Nos sentamos un rato a tomar algo. Las bebidas eran carísimas. Ni en España o Japón habíamos visto esos precios. Solo pedimos una para compartir. Después de un rato, salimos a la pista de baile al ritmo de Bella Ciao. Cuando terminó el espectáculo pusieron una discoteca en una de las salas y allá que fuimos. Solo os diré que los europeos no saben bailar (y yo menos).
Tras un rato, salimos y regresamos al hotel sintiendo que habíamos estado de vacaciones. Me gustaría destacar una cosa que vi, no sé si fue esa noche o la anterior. En mitad de estas calles turísticas nos encontramos a una mujer con su hijo durmiendo en la calle. No sabéis lo duro que fue ver el contraste de las dos caras de Ubud.
Adiós Bali
Al día siguiente desayunaríamos en el hotel, nos despedimos de nuestro amigo indonesio que trabajaba allí y cogeríamos un bus con destino al aeropuerto. Recuerdo que antes de abordar el avión vimos una de las estatuas más altas del mundo. Tras ello, tuvimos un vuelo largo de vuelta con una escala en Vietnam. Y así terminaría nuestro viaje a Indonesia.
Mi opinión
Indonesia me ha sorprendido muchísimo. Jamás llegué a imaginar que la gente fuera tan amable y buena. A todos los veía simpáticos, dispuestos a echarte una mano o a invitarte a comida. Para mí, ni los paisajes, ni las vacaciones, ni los templos. Lo mejor de Indonesia fue su gente. Sin embargo, no debo olvidar sus volcanes. Ver el amanecer en ellos ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Sobre todo guardaré con mucho cariño los recuerdos del Monte Bromo. En resumidas cuentas, estoy deseando volver a Indonesia.

