La última vez que estuve en Miyajima fue allá por el 2019. Un día de cielo encapotado y ambiente húmedo, aunque con la suerte de presenciar su mayor festival. En 2026 lo disfruté de otra manera. Aquí te cuento cómo mi regreso a Miyajima.
Ferry a la isla
lunes, 27 de abril de 2026
Me estaba alojando en Osaka por trabajo. Mi cliente, que fue más bien un amigo durante todo el viaje, quería visitar Hiroshima y Miyajima, así que decidimos salir temprano hacia esos sitios. Desafortunadamente, salimos más tarde de lo planeado por mi culpa porque tuve que apagar la alarma medio dormida.
Cogimos el Shinkansen que nos plantó en Hiroshima una hora y media después. Desde allí usamos el tranvía dirección al Parque de la Paz, desde donde salen ferries cada poco que llevan directamente a la isla de Itsukushima. Recuerda que Itsukushima es el verdadero nombre de Miyajima.
Nos hacía un tiempo maravilloso, con pocas nubes. Lo primero que hicimos fue caminar hasta el torii, como la marea estaba baja, la gente se acercaba hasta él. Yo decidí sentarme a descansar porque mis pies estaban en las últimas. Me fui fijando en la gran cantidad de turistas que había, muchísimos más que antes del Corona.

Cuando mi compañero regresó, nos adentramos en el santuario. Recuerdo que la última vez que estuve, estaba completamente sola. Ahora había tanta gente que había perdido esa magia. Paseamos por sus pasillos, admiramos el torii y apreciamos el encanto del escenario del teatro Noh.
Al salir, nos pasamos por un templo al que no había visto en mi primera visita. El templo Daigan no tenía nada espectacular, solo era un templo más, exceptuando una estatua de Pindola Bharadvaja cuyos ojos eran siniestros porque parecían estar inyectados en sangre.

Uno de los templos más completos
Nuestra siguiente parada nos llevó a subir cuesta arriba hacia el templo Daishoin cuya puerta, envuelta en naturaleza, nos dio la bienvenida. Al llegar, escuché decir a un guía de habla hispana que ese era su templo favorito, así que mis expectativas subieron. No lo conocía, era la primera vez que iba.

Nada más cruzar la puerta, había dos caminos. El principal eran unas escaleras que me hizo resoplar de solo pensar en subirlas. Al lado izquierdo, había un camino escondido mucho más accesible, rodeado de arboles y 500 estatuillas de arhats. Era un camino precioso. Lo mejor de todo es que casi todo el mundo subía por las escaleras de antes y pocos lo hacía por este camino, así que estaba sola. Al final conducían al mismo sitio.
Fuimos viendo las diferentes estructuras que conforman el templo. No eran pocas precisamente. Para mi gusto destacaban las escaleras con los sutras y la cueva Henjo. Esta última me gustó muchísimo. En ella encontramos unas 88 dedicados que conforman los 88 templos de la ruta de peregrinación de Shikoku.

Retomando a lo que le había escuchado al guía en la entrada: ¿Pondría este templo como mi favorito? Lo cierto es que no, pero sí que entraría en uno de mis tops. Se puede decir que es un templo muy completo que invita a perderse entre sus estructuras. Con esa pregunta resuelta, pusimos fin a la visita, aunque antes de irnos, conocimos a una pareja de españoles a los que ayudé a traducir su fortuna (omikuji).
Hora de comer
La última vez que estuve en Itsukushima, comimos uno de los platos más típicos: el okonomiyaki, pero en esta ocasión, pobré el otro plato tradicional: las ostras. Nos fuimos a este restaurante donde nos pedimos un menú muy completo de ostras. Creo que nunca antes las había comido, pero debo reconocer que estaban muy buenas y frescas.

Con las barrigas llenas, nos pusimos a hacer algunas compras de dulces típicos de la isla como el momiji manju. Mi compañero me compró uno de chocolate que estaba delicioso.
Tras esas rápidas compras, subimos hasta el Santuario Toyokuni (Senjokaku), pasando por la Colina Tonooka donde antaño ocurrió una batalla y el árbol de los bigotes de dragón. Tuve la mala suerte que la pagoda estaba bajo reforma, así que estaba completamente tapada. En el Santuario fui sorprendida por un ciervo que apareció de la nada, porque se me olvidó decirlo, al igual que en Nara, esta isla está repleta de ciervos salvajes. Intentamos sacarnos algunas fotos con él, pero no tuvimos mucha suerte.

Rumbo a Hiroshima
Como no queríamos que se nos hiciera muy tarde, regresamos al puerto caminando por la línea de costa. Allí cogimos el ferry de vuelta a Hiroshima que nos dejó al lado del Parque de la Paz.
Fuimos con prisa hasta el Museo de la Paz porque se nos hacía tarde. Mi compañero entró por su cuenta mientras yo le esperaba fuera. Hacía poco que había ido, así que lo tenía muy fresco. Sigue siendo igual de doloroso que la primera vez que lo ves. Yo me senté en un banco frente al río a leer en paz.

Al salir, pasamos por delante de la Llama de la Paz y el Monumento a la Paz de los Niños. Finalmente llegamos al Genbaku Dome a verlo de cerca. Justo a los pies había una concentración contra las armas del mundo, pidiendo la paz con canciones.
Antes de marcharnos de Hiroshima, no pudimos no pasar por el epicentro de la bomba, que justamente está escondido en una calle paralela. Es relativamente poco conocido para la importancia que tuvo.
Con esto, se terminó el viaje y regresamos a Osaka.
Un par de día después haríamos una excursión a Uji:
Japón día 54: redescubriendo Uji

