La ciudad de Hitachinaka siempre estuvo en mi punto de mira desde hacía años. Allí hay un campo que se tiñe de azul en mayo y de rojo en octubre. Entre las dos opciones, elegí la primera porque pensé que sería más vistosa. Aquí te cuento mi viaje a Hitachinaka.
El campo de nemophilas
22 de abril de 2024
Una vez más, cogimos el coche y pusimos rumbo a la prefectura de Ibaraki, a la ciudad de Hitachinaka. Fue un viaje relativamente corto, o al menos así lo sentí yo. Llegamos sin complicaciones a dicha ciudad. Nuestra primera parada fue el Parque costero Hitachi, por ello era nuestro objetivo.
Compramos la entrada que nos costó 800 yenes y entramos en el enorme parque. Lo primero que vimos fue su noria y cientos de tiendas a las que apenas prestamos atención. Nos adentramos directamente en el bosque y dimos con la zona de tulipanes, con un pequeño molino de viento.

Los tulipanes me encantan, así que esta zona me enamoró por completo. Estaba preciosa. Era increíble que allá donde mirara, seguía viendo flores.
Tras unas preciosas fotos pusimos rumbo al premio: el famoso campo de nemophilias. Había visto millones de fotos, pero ninguna le hace justicia. Es un campo que se extiende sin límites hasta donde alcanza la vista. Todo cubierto de flores azules.

Qué preciosidad de sitio, es lo único que puedo decir. ¿Lo único malo? Estaba lleno de turistas como yo. Eso no quita que se pueda disfrutar de este mágico lugar.
Después de recorrer toda la colina hicimos una parada en unas antiguas residencias que estaban abiertas al público. Solo eran casas tradicionales japonesas así que apenas las vimos un poco.
De camino a la salida, volvimos a pasar por el campo de tulipanes y volví a echar varias fotos más. Antes de salir, nos compramos un helado de color azul (sabor menta) que no me terminó de gustar, pero que recordaba a las nemophilias.
Los torii dorados
Nuestra segunda parada fue el Santuario Hoshiimo que encontré de pura casualidad. Lo más llamativo son sus toriis dorados, un color que no estoy acostumbrada a ver ya que siempre son rojos. Al contrario que en el parque, aquí éramos las únicas personas. Nos echamos unas fotos y vídeos muy bonitos porque encima teníamos la costa justo detrás.

No muy lejos estaba el Santuario Sakatsura Isozaki que en sí es un santuario normal y corriente, pero el camino que conduce hasta él es sacado de algún cuento de hadas. Los árboles apenas dejaban entrar la luz de sol, lo que le daba ese toque mágico.

Túmulos funerarios
El siguiente destino de nuestra lista estaba un tanto lejos y era de acceso difícil ya que estaba en mitad del bosque. Mi pareja se negó a ir así que me embarqué yo sola a la aventura sin tener muy claro qué camino seguir.
Tras adentrarme en el bosque acabé dando con el Túmulo de Torazuka. Era el segundo que veía pues hacía poco que había estado en los de Takasaki. Como era la única persona allí, así que me dediqué a recorrerlo con calma.

Muy cerca están las Cuevas de Jugoro-ana, sin embargo, no tenía forma de ir, porque el camino se cortaba. Tuve que preguntarle a un par de japoneses que me crucé por allí y me enseñaron un camino que daba toda una vuelta. Y ahí volvía a estar yo perdida en el bosque, por suerte lo encontré sin problemas.

Estas me recordaron al túmulo funerario de Utsunomiya. Estaban completamente vacías, así que tras echar algunas fotos, decidí regresar a donde estaba mi pareja.
Lo siguiente que hicimos fue ir a comer a este sitio donde me pedí un tsukemen al que le faltaba muchísima sal. Estaba muy soso.

Oarai
Con las barriguitas llenas decidimos volvernos a casa, lo que no sabíamos era que íbamos a hacer una parada en la ciudad de Oarai. Lo más llamativo de este sitio es su torii sobre el agua. Se veía realmente hermoso en el mar.

Subimos también a su santuario, aunque no fue nada del otro mundo. Tras pasar aquí una hora, decidimos regresar finalmente a casa. Así terminaría mi viaje a Hitachinaka.
El siguiente viaje sería un regalo de cumpleaños:
Japón día 40: mi regreso a Enoshima

