Tras cinco años, decidí regresar a la isla de Enoshima. En esta ocasión viajaría sola, con las energías recargadas y con muchas ganas de descubrir aquellos lugares que no pude ver en mi primera visita. Aquí te cuento mi viaje a Enoshima.
Llegamos a Enoshima
22 de enero de 2025
Yo había estado en Enoshima allá por 2019, así que tenía muchas ganas de volver. Aquí puedes leer la aventura de aquel día. Este viaje fue un poco especial para mí ya que fue el regalo de cumpleaños que me hice. Recuerdo que madrugué muchísimo porque estaba acostumbrada por el trabajo. Me metí en un tren en hora punta y puse destino a Enoshima.
En esta ocasión llegué por la estación de tren de Katase-Enoshima que había leído que era muy recomendada. No la vi la primera vez, pero puedo asegurar que es totalmente recomendable. Por dentro es una estación normal y corriente, pero al salir descubres la entrada a un castillo japonés del sur.

Justo delante se encuentra el puente que conecta la isla de Enoshima con la ciudad de Fujiwara. Al ser invierno, pude disfrutar de unas vistas al Monte Fuji a quien hacía tiempo que no veía.
El santuario de Enoshima
Tras cruzar el puente me adentré en la isla que parecía vacía. Casi todos los comercios de la calle principal estaban cerrados y no había gente. Eso que eran las 10 de la mañana. Tras llegar al final de la calle, di con la puerta del santuario de Enoshima a quien tenía ganas de volver a ver. Siendo mucho más bonita de lo que recordaba.

Al subir la escaleras llegué a la estatua de la diosa Benzaiten y el dios dragón. Cuando vine la primera vez no tenía ni idea de la leyenda de la isla, pero ahora que me la conocía bien, todo cobraba sentido.

Me perdí entonces en la cantidad de salones que conforman el santuario, siendo el más bonito el Santuario Nakatsunomiya. Me hubiera gustado lavar el dinero en el estanque Zeniara, pero hacía demasiado frío y yo sufría de sabañones como para arriesgarme a empeorarme los dedos.

Jardines botánicos de Samuel Cocking
En mi primera visita a Enoshima, creía que los jardines botánicos de Samuel Cocking eran de pago, como casi todo en Japón. Fue una sorpresa descubrir que en verdad son gratuitos. Desafortunadamente, visitarlos en invierno no fue una buena elección. Apenas había flores.

Justo detrás de los jardines se podía ver el Monte Fuji que se asomaba al otro lado del mar. Nunca me cansaré de mirarlo.
Más templos y santuarios
Después de salir de los jardines, que era más pequeños de lo que esperaba, me pasé por el Templo Enoshima Daishi. No había absolutamente nadie, dándome un poco pudor estar allí al pensar que estaba haciendo algo malo. El templo es muy moderno, con un montón de estatuillas. Merece la pena pasarse a echar un vistazo.

Luego llegué al santuario Okutsunomiya que forma parte del Santuario de Enoshima. Mi parte favorita es un altar que se encuentra escondido entre rocas custodiadas por un dragón.
Las cuevas de Enoshima
Al llegar a la parte trasera de la isla, decidí pasarme por la Campana del Amor. Como me encontraba sola, decidí tocarla. Lo que no esperaba era que hiciera tantísimo ruido, por lo que salí corriendo esperando a que nadie me viera.

Luego me dirigí al Abismo de Chigogafuchi, y esta vez sí, bajé hasta él y sorteé las rocas hasta llegar a la mejor vista del Fuji. Esta zona es preciosa y para mí, un imprescindible de Enoshima.
Al subir por las escaleras, crucé el puente dispuesta a visitar las cuevas Iwaya de la isla. Cuando estuve la primera vez me quedé sin verlas por un fuerte tifón que había pasado la semana de antes. En esta ocasión conseguí adentrarme en ellas por 500 yenes.
En la primera me dieron una vela (aunque creo que era innecesaria pues el camino se veía perfectamente) y la recorrí hasta el final. Creo que fue un poco decepcionante pues no había nada interesante, salvo un altar.

En cambio, en la segunda el camino estaba iluminado con cientos de luces, pero la mejor parte estaba al final. Las luces desaparecen y te quedas en lo profundo de la cueva frente a un dragón. Cuando dabas una palmada, el dragón rugía y se iluminaba. Fue bastante divertido.
De camino a Kamakura
Me hubiera encantado haber pasado más tiempo aquí, pero iba siendo hora de irse. Volví a recorrer la isla hasta la salida y antes de cruzar el puente, compré senbei de pulpo que estaban deliciosos (a mi pareja le encantó). También hice una parada para comer en este restaurante, donde me pedí un ramen de mariscos. Desafortunadamente no tenía demasiado sabor.

Con la barriguita llena me desplacé hasta Kamakura donde participaría en un tour gratuito (a mí me pagaban por ello). Allí me junté con otros extranjeros y fuimos a conocer por encima el Santuario Tsurugaoka Hachiman y luego el Templo Kencho-ji al cual ya había ido en mi anterior visita. Al menos esta vez me explicaron muchas cosas que desconocía. A la vuelta, paramos en el Museo de tesoros nacionales de Kamakura que recomiendo muchísimo.
Finalmente acabamos en un taller de artesanía de lacas que estuvo muy interesante. Al terminar, regresé a casa donde me esperaba una tarta de cumpleaños con forma de Pikachu. Así acabaría mi viaje a Enoshima y mi visita exprés a Kamakura.
Mi siguiente viaje sería otro regalo de cumpleaños:
Japón día 41: los acantilados de Choshi

