China día 6: la Montaña Púrpura de Nankín

Cocinero sirviendo el pato laqueado en Nankín

Durante el sexto día de mi viaje por China me reuní con un viejo amigo de la universidad. Gracias a él pude aprender muchísimo más sobre la vida en este país y pude probar comidas que jamás hubiera hecho sola. Aquí te cuento cómo fue mi viaje a Nankín.

Una noche de pesadilla

9 de marzo de 2025

Lo que yo pensaba que iba a ser una noche maravillosa, pues no había casi gente en el tren nocturno, resultó ser horrible. Por un lado, me tocó justo al lado de la puerta de los baños, así que tuve a la gente pasando durante toda la noche por delante de mi camarote. Pero lo peor llegaría a las 4 de la mañana cuando el tren paró en una estación en la que empezó a subir gente a la que nunca le habían enseñado la palabra educación. Especialmente hubo una mujer que hablaba a gritos. Ni en tono normal, ni en tono bajo: a gritos. Aún a sabiendas que están todas las luces apagadas y la gente durmiendo en las literas.

No sabéis las ganas que me dieron de saltar y gritarle que se callara la boca. Lo que más me sorprendió es que nadie lo hiciera. Esto es una cosa que odio de los chinos: la falta de educación que tienen. Gente maravillosa, pero maleducada. Para mi desgracia, esa mujer iba en mi cabina. Se acostó en su cama y no se calló, sino que se puso a hablar por teléfono y a ver vídeos con el volumen alto durante varios minutos después. Yo después de esto no pude volver a coger el sueño.

A las 7 de la mañana me bajé de la litera y me senté en una silla del pasillo. Observé a la mujer que dormía y me dieron unas ganas de ponerle música o hablar a gritos por teléfono. Si no hubiera habido más personas en todo el vagón, sin duda lo hubiera hecho.

Reencuentro

Finalmente, a las 9:23, llegamos a mi parada: Nankín. Lo primero que hice fue coger un metro dirección a la Montaña Púrpura. Como era domingo había muchísima gente. Un poco agobiante, especialmente porque tenían varios altavoces con las voces de mujeres dando gritos para dar indicaciones. Allí esperé un poco a que llegara un buen amigo mío que vive en China desde hace años. Fue genial volverme a encontrar con él. También me sentí más relajada porque como él hablaba chino, no me hacía falta preocuparme por nada más.

Sacamos una entrada conjunta a todos los monumentos de la Montaña Púrpura y nos pillamos también un trenecito al que podíamos montar todas las veces que quisiéramos. Nuestra primera parada fue el Mausoleo de Sun Yat-sen. Lo que más me impactó fueron sus escaleras que parecían no acabar nunca. Como hacía mucho calor, fue un auténtico suplicio subir hasta arriba. El edificio me recordó al Salón Conmemorativo de Chiang Kai-shek de Taipéi (Taiwán). Hicimos cola para ver su interior, donde está la estatua y su cuerpo, pero siendo sincera, no había nada destacable para ver.

Mausoleo de Sun Yat-sen de Nankín
Mausoleo de Sun Yat-sen

El templo Linggu y las tumbas Ming

Al terminar, bajamos y buscamos el trenecito que nos llevaría a la siguiente parada: el templo Linggu. De este lugar, lo que más llamó mi atención fue el Salón Wuliang, un edificio de ladrillo cuyo interior me recordó al castillo de Jaén (España). Detrás de este salón se encontraba una enorme pagoda y muy bonita además. Aunque se podía subir, decidí no hacerlo porque estaba muerta del mausoleo. Mi amigo y yo nos sentamos un rato a descansar y a charlar.

Pagoda del Templo Linggu de Nankín
Pagoda del Templo Linggu

Una recuperadas las energías, volvimos para ver el último edificio que nos quedaba: las tumbas Ming. No pude verlas en Pekín, así que tenía ganas de verlas aquí. Desafortunadamente no disponíamos de demasiado porque teníamos el tren a Shanghái a las 17:30 y aún nos quedaba comer. Así que lo vimos todo de manera superficial. Me hacía especialmente ilusión ver la Vía Sagrada, un camino bordeado de parejas de animales esculpidos en piedra, pero es que había tantísima gente (recordemos que era domingo), que directamente no era capaz de ver las siguientes estatuas del camino.

Vía Sagrada de la Tumba de Ming Xiaoling en Nankín
Vía Sagrada de la Tumba de Ming Xiaoling

Viendo que había mucho tráfico, decidimos regresar andando. Debo reconocer que el paseo fue precioso porque llevaba a una zona de un lago donde todo el mundo hacia picnic. Creo que este lugar fue el que más me gustó de la Montaña Púrpura.

El pato laqueado

Al regresar, sacamos mi maleta de taquilla y buscamos un sitio para comer pato laqueado pekinés. Tenía muchísimas ganas de probarlo, pero como no sabía cómo de grande era y sabía bien que era un poco caro (no me tengáis esto es cuenta porque vivo en Japón y ahora el yen está un poco mal), había esperado hasta encontrarme con mi colega para compartir. Él buscó en sus aplicaciones chinas y encontramos este restaurante que tenía una nota buenísima. Allí nos dieron al momento una mesa y pedimos una oferta para dos personas de pato laqueado que incluía además, más platos de comida por tan solo 139 yuanes.

Cocinero sirviendo el pato laqueado en Nankín
Cocinero sirviendo el pato laqueado

Al instante, llegó el camarero con un pato y comenzó a cortarlo delante de nosotros. Fue algo que no esperaba, aunque lo había leído en otros blogs de viaje. Fue un espectáculo ver cómo conseguía unos trozos perfectos y los colocaba en el plato. Al terminar, colocó el plato encima de una vela para manterlo caliente. Mi amigo me enseñó cómo se comía, algo que no tenía ni idea. Se coge un trozo de pato, se unta en una salsa y se coloca encima de una tortilla (como la de los tacos) super fina. Después se le añaden algunas verduras. Luego se cierra y ya está listo para comer. Me sorprendió mucho porque no esperaba que se comiera con las manos.

Pato laqueado en Nankín
Pato laqueado

Si os sois sincera, el pato estaba DELICIOSO. Al instante se convirtió en mi comida favorita de China y en una de las mejores que he comido en mi vida. Era blando y muy jugoso. Tenía muchísimo sabor, algo parecido al pollo. Os aseguro que me gustó tanto, que empecé a comérmelo así sin más. Al resto de la comida ni le hice caso. Acabamos pidiendo otro medio pato y nos lo pusieron para llevar.

Llegada a Shanghái y comida en familia

Nos quedaba una hora hasta la salida del tren, así que mi amigo llamó a un taxi que nos llevó hasta la estación de trenes sur. Llegamos como diez minutos antes de que saliera, pero no tuvimos problemas. Una vez más, con pasar el pasaporte en las máquinas, es suficiente para montar. Para nuestra desgracia nos tocó separados. El tren iba llenísimo, con muchísima gente de pie esperando a encontrar un asiento libre para sentarse. Lo que yo no sabía era que me había montado en un tren bala, el primero de mi vida. Fue super cómodo, limpio, moderno y había servicio de carrito de bebidas (aunque solo era un viaje de 2 horas).

Al llegar fuimos a la casa de la pareja de mi amigo donde comimos deliciosa comida occidental como ensaladas, navajas, aguacate y salmón. Me sorprendió ver lo baratos que son los mariscos aquí. Al terminar, fuimos en taxi hasta mi hotel (reservado directamente por mi amigo en webs chinas así que me salió tiradísimo de precio). No era un hotel como tal, sino un apartamento con cocina y lavadora. Me despedí de él y me acosté.

Notaba muchísimo el peso del viaje y me planteaba no ir al día siguiente a la ciudad que tenía planeada, pero finalmente me embarqué a la aventura:
China día 7: Los jardines y pagodas de Suzhou

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