Italia siempre había estado en mi top de países que más ganas tenía de visitar. Aprovechando un viaje a España, decidí hacer una escapada para conocerla. Mi primera parada fue la capital donde tenía muchos puntos que quería ver. Aquí te cuento cómo fue mi viaje a Roma.
Caos en el transporte
viernes, 9 de enero de 2026
Este viaje ha sido un regalo para mi hermana quien nunca antes había salido del país. El viaje comenzó por la mañana temprano pues pusimos rumbo a Sevilla donde cogeríamos el avión. Lo que parecía un viaje tranquilo se convirtió en una odisea cuando descubrimos que había un retraso de dos horas del vuelo. Si eso no fuera poco, estuvo lleno de turbulencias.
Cuando conseguimos llegar a Italia, sobre las 21:00, compramos un billete de bus para las 22:30 y nos fuimos a cenar para hacer tiempo. Lo que no sabíamos era el descontrol que habría en los controles del autobús. Llegamos a nuestra hora y no nos dejaron subir, en cambio, subieron muchos que no tenían billete comprado o con la hora especificada. Esto nos molestó bastante. Afortunadamente, el siguiente bus llegó unos minutos después y pudimos subir sin problema (aunque salimos a las 23:00).
Durante nuestro camino a la ciudad, me quedaba mirando por la ventana. Las carreteras italianas me recordaban a las españolas, en cambio, las calles de la ciudad me resultaron un tanto diferentes, tal vez porque apenas estaban iluminadas. Las veía muy oscuras.
Nos bajamos en nuestra parada al lado del Castillo de Sant’Angelo y caminamos hasta la Plaza Navona donde se encontraba el que sería nuestro hotel durante los siguientes días. El edificio donde nos hospedamos era muy viejo, uno de estos apartamentos convertidos en habitaciones de alquiler, al menos la ubicación era excelente.
Las preciosas calles de Roma
sábado, 10 de enero de 2026
Nos levantamos al día siguiente con muchas ganas de salir a conocer la ciudad. Para nuestra mala suerte, el tiempo no acompañaba porque había previsión de lluvia. Eso no nos detuvo y salimos con las energías llenas.

Nuestra primera parada, evidentemente, fue la Plaza Navona. Una enorme plaza con preciosas fuentes de agua y un impresionante obelisco egipcio. De entre ellas, la que más me gustó fue la Fuente de Neptuno. Si tuviera que sacarle una pega, sería los enormes carteles publicitarios colgados en los edificios que le robaban el encanto al lugar. En comparación a días posteriores, estaba casi vacía.
Tras las debidas fotos, pusimos rumbo al siguiente punto de la lista que iba a ser la Basílica de San Andrés del Valle, la cual se encontraba con las puertas cerradas. Así que tuvimos que aplazar la visita a la tarde.
Tengo que destacar algo de Roma y es que todas las calles del centro histórico son una auténtica belleza. Mi hermana y yo nos pasábamos el tiempo con las cabezas alzadas, maravilladas con tanta preciosidad.

Lo siguiente que nos encontramos fue el Monumento a Víctor Manuel II, el cual había visto en muchas fotos, pero jamás llegué a imaginar lo grande que era. Quería entrar, pero como teníamos entrada en el coliseo, decidimos dejarlo para otra ocasión.
El Coliseo
Finalmente llegamos al Coliseo Romano, una de las maravillas del mundo. Tengo que confesar que me impresionó menos de lo que esperaba. En mi cabeza me lo imaginaba mucho más grande, tal vez por haberlo idealizado mucho.

Como aún nos quedaba tiempo hasta la hora de la entrada, fuimos a desayunar algo. Hasta este momento el cielo estaba despejado, pero poco a poco empezó a llover y a empeorar. Aunque intentábamos aguantar y pasear, se nos hizo imposible por el frío. Nos acabamos refugiando en la estación de metro como el resto de turistas hasta que calmó un poco.
Decidimos esperar fuera mientras veíamos el Arco de Constantino. A mí me empezó a calar el frío y casi no podía moverme. Solo esperaba que nos dejaran entrar cuanto antes para ver si en movimiento y bajo cubierto era capaz de entrar en calor.

Minutos antes de que llegara la hora designada, nos dejaron entrar. Tuvimos que pasar controles de seguridad antes de acceder. Una vez dentro existe una ruta que te lleva por todo el coliseo. En las partes cubiertas hay un museo donde te cuentan la historia del anfiteatro y exponen objetos encontrados en él. Sin embargo, la gracia está en el exterior.

No olvidaré nunca la impresión que tuve cuando salí a las gradas y me encontré ahí dentro. Es una pasada. Aunque debo señalar que si por fuera me parecía pequeño, por dentro aún más.
Hicimos todo el recorrido y lo vimos desde todos los ángulos (incluido desde abajo). Me siento afortunada de haber podido conocer este lugar del que tanto he oído hablar.
Paseando por el Foro
Una vez salimos, nos dirigimos al Foro Romamo y el Palatino. Los dos se encuentran justo delante del Coliseo. En la actualidad solo quedan ruinas, pero cuando ves las imágenes de lo que una vez fue, te quedas con la boca abierta. Es una pena que no se haya conservado casi nada.

Dimos un largo paseo para verlo todo. Yo creo que lo que más me llamó la atención fue el Templo de la Paz con su cámara de culto. Me hubiera encantado verlo en persona.
Continuamos la visita subiendo hacia el Palatino. Recuerdo que no pude subir todo lo que quise porque me costaba respirar. Esa misma semana acababa de pasar una gripe que me había dejado una semana entera en la cama. Como aún no estaba recuperada, sentía que me quedaba sin aire. Mi hermana sí subió y le echó muchas fotos para luego enseñármelas.

Para terminar, nos fuimos a la parte que daba al Coliseo desde donde teníamos unas vistas increíbles de él. Lo mejor de todo es que apenas había gente.
Probando la comida italiana
Al salir de allí, nos moríamos de hambre. Estábamos emocionadas porque por fin íbamos a probar la famosa gastronomía italiana. Sabíamos que los restaurantes cerca de los monumentos tienen los precios hinchados, pero como estábamos tan casadas y hambrientas, no le dimos muchas vueltas.

Acabamos en este restaurante donde por 10€ pudimos comer una pinsa romana. Al principio no teníamos ni idea de la diferencia entre una pinsa y una pizza, pero buscando un poco de información descubrimos que se diferencian en la masa.
La pinsa (una margarita) estaba deliciosa. No pude ni acabármela entera. Mi hermana se pidió la vegetariana y estaba también muy buena. Salimos de allí rodando.
La iglesia más bonita de Roma
Con las barriguitas llenas, nos pusimos a subir hasta la Plaza del Campidoglio porque había visto por el mapa que había una loba capitolina cerca. No tenía ni idea de que acababa de subir a la Colina Capitolina, una de las más famosas de la ciudad.
Teníamos intención de regresar al hotel, pero en el camino fuimos comprando algunos recuerdos para familiares y amigos. Como pasamos de nuevo por Basílica de San Andrés del Valle, decidimos entrar aprovechando que estaba abierta.

Mi hermana no entendía porqué tenía interés en ver una iglesia, pero al entrar, se quedó con la boca abierta. Una auténtica preciosidad. Una de las más bonitas e impresionantes que he visto en mi vida. Todo el techo estaba cubierto de oro y pinturas. Además, había un espejo donde echarte una foto y ni un solo turista. Fue una gozada estar allí.
Nuestro primer gelato
Antes de regresar al hotel, teníamos antojo de un gelato. Nunca antes habíamos probado uno, así que no sabíamos en qué se diferenciaba de un helado normal. Acabamos en esta gelatería en la que me pedí mi gelato de vainilla. Mi hermana uno de pistacho.

Reconozco que estaba buenísimo, pero con el frío que hacía no apetecía nada. Regresamos al hotel donde terminamos de comérnoslo calentitas y donde aprovechamos para ducharnos. Ya era de noche y no nos apetecía salir más con el frío.

Para la cena salí yo para traerlo al hotel. Vi este sitio en el que toda la pasta costaba tan solo 8€. Yo me pedí unos espaguetis a la carbonara. Estaban muy buenos, pero un poco salados. Aunque creía que no iba a ser suficiente, nos llenamos bastante.
Ese día nos fuimos a dormir temprano porque estábamos agotadas.
Al día siguiente seguiríamos descubriendo la ciudad de Roma:
Italia día 2: el Panteón y la Fontana di Trevi

